Al
parecer, hace 250 millones de años habría tenido lugar la mayor
extinción masiva del planeta. Se estima que, por entonces,
desaparecieron el 70% de las especies terrestres y el 90% de las
marinas. La catástrofe habría ocurrido a consecuencia del impacto de
un meteorito gigante aún mayor que aquél que, tiempo después,
provocó la desaparición de los dinosaurios. Las huellas de semejante
impacto fueron localizadas por un equipo internacional de
investigadores, en el subsuelo de la Antártida, con la ayuda de
imágenes satelitales de la Agencia Espacial de los Estados Unidos.
Según los expertos, el choque provocó un cráter de 480 kilómetros de
ancho.
Si
bien sería aventurado descartar de plano una nueva colisión de esta
índole, es decir, nacida del impacto de un inmenso cuerpo estelar
contra la Tierra, lo temible -en los tiempos que corren y en lo que
atañe a una posible destrucción generalizada de la vida- no son ya
los meteoritos sino los brutales cambios climáticos que resultan de
los abusos a los que el planeta se ve sometido por el hombre. Porque
es el hombre quien hoy encarna su mayor amenaza.
Parecieran inútiles las reiteradas advertencias de los organismos
competentes sobre los riesgos que acarrea el calentamiento global.
LA NACION se preguntaba unos meses atrás (editorial del 6 de febrero
del año en curso) "¿Por qué un problema que compromete la vida de
las generaciones futuras no promueve las acciones necesarias en el
mundo?" La respuesta no es sencilla pero quien se atreva a esbozarla
no podrá desconocer que aún más anchas y más hondas que el cráter
provocado por el meteorito referido son la insensibilidad y la
ignorancia con que hoy se despliega el afán de poder. Se trata, como
es evidente, de una auténtica patología social.
Si
bien por el momento las regiones de América latina y el Caribe son
las más castigadas por los trastornos climáticos, a pesar de ser, en
proporción, las que emiten menos gases de efecto invernadero, recae
sobre los países más industrializados la principal responsabilidad
por el creciente deterioro del medio ambiente. Es decir que allí
donde, en tantos aspectos, el desarrollo se presenta más afianzado,
es donde más consolidado aparece, a la vez, el desprecio por la
vida. Singular paradoja que acaso ya no sorprenda a nadie pero que
exige respuestas contundentes por parte de quienes tienen conciencia
del peligro mortal que acarrea el desarrollo sin responsabilidad
ambiental.
Tanto la Oficina Meteorológica del Reino Unido como el Instituto
para la Investigación del Impacto Climático, de Postdam, Alemania,
han detallado, con escalofriante precisión, los peligros del aumento
de la temperatura planetaria. Flora, fauna, recursos hídricos,
agricultura: todo indica cada vez más hasta dónde llega la siniestra
cosecha de la destrucción sembrada. El mencionado instituto alemán
advierte que "si el calentamiento general de la atmósfera llegase a
superar en dos grados sus marcas actuales podría producir un
terrible cuadro de colapso en los ecosistemas, la destrucción de la
biodiversidad, hambrunas, escasez de agua potable y daños económicos
severísimos."
Los
Estados Unidos son el país que ocupa el primer lugar como emisor de
gases que deterioran el clima. Le sigue otra nación por muchos
admirada como una de las que más progresan en el mundo: China. Ambos
estados se han resistido hasta ahora a la ratificación del Protocolo
de Kyoto. Si esto es así, ¿qué significa desarrollo? ¿Qué calidad de
liderazgo mundial cabe esperar por parte de quienes promueven sin
vacilar el menoscabo de la integridad planetaria? Si la defensa de
los intereses económicos propios justifica la devastación de la
Tierra es porque el sentido común ha desaparecido del campo
político. Se trata de un contrasentido que no hace sino evidenciar
el extravío espiritual de una época que parece empeñada en ir más
allá de Auschwitz e Hiroshima.
Como
ha escrito Bruno Latour, antropólogo sobresaliente, los dilemas
ecológicos "nos obligan a repensar la ciencia y la política al mismo
tiempo". Y no es para menos. La violencia ejercida sobre el medio
ambiente prueba hasta dónde ha llegado el extravío espiritual de
nuestra especie.